IV CARTA A TERESA

Querida mía, donde descansa mi alma dormida, a ti hoy te dedico estos versos de la canción de Joaquín Sabina, y para también mis amigos los auténticos funcionarios del Ayuntamiento que sufren castigo y persecución por mantener la legalidad vigente;

“Este bálsamo no cura cicatrices,
Esta rumbita no sabe enamorar.
Este rosario de cuentas infelices,
calla más de lo que dice ,
pero dice la verdad.

Este valle de fábricas de tristezas,
Esta duda, esta certeza.

Esta colmena sin miel.

Este borrón de sangre y tinta china.

Estos huesos que vuelven de la oficina
dentro de una gabardina
con manchas de soledad…

 A ti Teresa:

“No abuses de mi inspiración
no abuses de mi corazón
tan maltrecho y ajado
que está cerrado por derribo.

Por las arrugas de mi voz
se filtra la desolación
de saber que estos son
los últimos versos
que te escribo “…
Para decir a los dos con Dios
Sobran los motivos
¡Anda ya¡

Esta guerra civil
Estos moros y cristianos
Este mano a mano
Este muro de Berlín
Este virus que no muere
ni nos mata…

!! Iliplenses Franco ha vuelto ¡¡ “

Demetrio“!! Viva la República”….¡¡

Demetrio Sanjuán, había pasado el paño para limpiar  aquel velador mágico, que más dinero le dejaba de la taberna átberzale, en donde los contertulios políticos se atiborraban de buen tintorro y pacharán, que les rebozaban por las orejas , casi todos los medios días.
Por las mañanas, tomaban cafés con tostadas, a excepción de las vísperas y fiestas de guardar, en cuya mesa , y en sus ausencias ,también se solían sentar; Maria Urgoítia e Isabel Arístides, amigas desde la infancia y antagonistas políticas, cuyo nexo de unión, ahora en su madurez avanzada, era reunirse en aquel velador antes o después de las misas matutinas.

Maria Urgoitia, contertuliaba para matar su eterna pena y su permanente luto, con unos anisetes, que Demetrio Sanjuán le suministraba de tapadillo entre la orilla del sucio mandil y los negros flecos del mantón de Maria, y ella, ocultaba el dulce néctar, a su vez derramando temblorosamente el alcohol entre sus nervudas y envejecidas mano, con las que se estiraba hacia atrás el desafiante velo.
Maria, portaba luto, desde aquel trágico sábado 11 de Agosto de 1943, cuando a las dos de la tarde, estalló en cien mil pedazos el polvorín de la Estación de Niebla, y se llevó por delante a su novio Pepe, cuando el bravo soldado cumplía los últimos días de un servicio militar tan largo como aquella guerra civil.


Pepe había acudido aquella mañana ,como de costumbre, para  hacer el relevo de la gua rdia  en la custodia de aquel almacén de explosivos ,de restos de cartuchería y balística  de la guerra. Todavía, nadie se explica ,por qué aquel polvorín se convirtió en un montón de hierros retorcidos y vigas de maderas humeantes, con un reguero de carne humana desparramada por los alrededores de la antigua estación del ferrocarril.

Lo único que conservaba Maria de su Pepe, fue aquel beso azul de la mañana, que le dio al despedirse, mientras con un brazo lo apretaba con el otro le alargaba el canasto de mimbre con el almuerzo que le había preparado. Fue allí mismo, en la esquina de la calle Arcos, donde  recibió Maria, la noticia, el olor de la pólvora detonada, manchó para siempre sus labios de un rojo morado y una pena de lágrimas  perennes enturbiaron  
su vida para siempre.

Isabel Arístides, era hija de un Jefe de estación de la RENFE, fusilado tras el alzamiento nacional. Ella más que nadie conocía las angustias de su amiga Maria, desde aquella célebre tragedia de la posguerra, aunque la vida de Isabel fue de soltería por necesidad, tampoco fue muy grata; huérfana a los once años, tuvo que arrastrar al resto de sus hermanos y trabajar como una mula, de costurera desde el alba hasta la madrugada, para que sus tres hermanos salieran adelante, desde la muerte prematura de su madre, surgida meses después de aquel traumático enviudamiento.
Ahora en día, las dos amigas, vivían de sus modestas pensiones concedidas por la Junta de Andalucía, aunque Maria con una posición más desahogada percibía rentes de tierras de la herencia de sus padres y que tradicionalmente alquilaba a unos colonos de la aldea de Candón.


Isabel, se habia convertido con el paso del tiempo, en una activista de izquierdas, por lo menos así la denominó la “inglesita”, una espía anglofila  que vivió aquí después de la guerra. Por otra parte, María Urgoitia, solo se le llenaba la boca de “chinchón” y nacionales, recordándole en todas las conversaciones, el día en que las tropas de Franco, al mando de Millán Astray, entraron triunfales en Niebla, el 28 de Julio de 1936., diez días después del alzamiento contra la República.