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…” El Vélez”… se había sentido traicionado, porque creyó en aquel pueblo, donde se solía decir, que todo el mundo era de “confianza”. La confianza, se sentía como lo permanente para seguir traicionando, a costa de nada: Simplemente, para hacerse el gracioso o congraciar con alguien a quien sacar algún tipo de interés o negocio miserable de futuro. Por eso, pasó por su mente, que allí habitaban demasiados fenicios de baja casta, y ya no merecía la pena, vender pescado, ni pregonar la lata de “berdigones” a peseta.
La muralla, permanecía tiesa, quieta y estirada al sol de poniente, como cada tarde, antes de entregarse al sueño de la noche, en cuyas horas bajaban las estrellas, a pintarse de carmín y enredarse en la espuma del dique que cortaba el curso del río tinto.
Vélez, recordaba en su infancia, como la gente en verano, se bañaban en las aguas ácidas del río, para depurarse la piel y sanar sus “pupas”. El olor a sulfuro de hierro, costaba trabajo enmascararlo con perfumes, y el polvo de pirita estaba presente en
todos los poros, para aniquilar los hongos mas rebeldes que sobrevivieron al dermatólogo.
Venían personas desde la capital, y muchas de ellas de clase acomodada, luciendo sus Chevrolet color negro que, como grandes cucarachas, esperaban a sus dueños, cerca de los meandros de arena, y en los bancales dejados por las riadas del invierno.
Sentía amor por su tierra, sin localismos apasionados, pero esta le devolvía tantos sinsabores, y un gran caudal de restos de un naufragio vendido entre la traición y la mentira, que le era imposible reconocer cuanto había de verdad, entre las miradas sucias de sus paisanos.
En su hemeroteca particular, desempolvó unos papeluchos, escritos por su amigo Ricardo, aquel insigne abogado de Valverde, que entre copas de aguardiente, le confesó viejos secretos de los pleitos del “Baldio”. Una posición nacionalista, que no iba con sus principios ni con su forma de ser, pero que respetó hasta la muerte de éste, y que se prometió así mismo a ir desvelando, poco a poco, leyendo entre líneas, lo que aquel erudito no tuvo coraje de admitir en los juzgados civiles.
¿Sería interesante que lo conocierais?.
Teresa, le insistió en que era muy positivo, un análisis desde el otro lado de la cuestión. Sobre todo pasados los años, conocer la posición de un hombre que se enamoró de aquel territorio emblemático, que nace entre el arroyo y el camino del “el corchito”, y en donde hoy reposan partes de sus cenizas… |