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Niebla, ciudad condal, tiene un río carmín –sangre mora dice el pueblo- que le lame las murallas. Al amanecer, aún cerrada la Puerta de las doncellas, los olivos de la orilla tiñen de un pálido verdor a la bruma rosa; las cascadas en que el río se desata son de espumas malvas, rosas y violetas y las murallas se ponen de un oro enrojecido frente a la aurora. Las fachadas del oriente y el Oriente anuncian en sus cimas el primer oro del día.

El día en derredor de la ciudad es silencioso. Adelfas blancas y rosas pueblan las orillas calizas y viejos molinos oxidados esconden entre rocas su miseria. Los niños moros cojen, al sol, palmitos y por la Puerta del Sol salen, con los dedos comidos de cal viva, los caleros tras de sus asnos cargados de seca y frágil blancura…

Por la tarde, las niñas juegan en la fuente de la Puerta de los Milagros. En la pradera verde de la fuente dulce, pacen, llenas de sol poniente, las vacas que vuelven del sesteo, mientras el pastor pone en los muros la piedra de su honda. Y el cielo se torna malva y amarillo, y el río negro. Y un viejo campanario sin campanas recoje en sus ojos a Venus, desnuda y de plata.

De noche, es un silencio de estrellas; el farol soñoliento de la Puerta del Norte alumbra temblorosamente a los mendigos que duermen bajo el arco, y la muralla es de ceniza, celeste y carcomida. Se dijera una tumba la ciudad. A lo lejos resuenan los trenes por los campos solitarios y la brisa tibia hace una música de lenguas de bronce por los olivares… y las estrellas blancas, azules y verdes son de sangre en el fondo del río…

 

 

Juan Ramón Jiménez

Balada de la Ciudad de Niebla